Manituana(c.1) by Wu Ming

Manituana(c.1) by Wu Ming

Author:Wu Ming
Language: es
Format: mobi
Tags: adv_history
ISBN: 9788439721857
Publisher: Random House Mondadori, S. A.
Published: 2009-01-01T00:00:00+00:00


17

Los torreones surgían imponentes del foso que rodeaba las murallas. El edificio central, rodeado por torretas claras, se recortaba sobre un cielo plúmbeo. Fuerza y elegancia se unían. A comparación, el castillo de Quebec era poca cosa. Solo en los libros ilustrados había visto uno parecido. Peter se llenaba los ojos con cada detalle, quería grabarlo en su mente, para reconstruir aquel edificio majestuoso piedra por piedra cuando estuviera lejos de allí, describirlo desde todos los ángulos, observarlo cada vez que hubiera querido.

La Torre de Londres, donde se encarcelaba a los enemigos del Rey, los traidores y los conspiradores. Quizá Ethan Allen también estaba encarcelado en los calabozos del castillo.

Padre, si pudieras verme, pensó Peter. Primero, ante Su Majestad. Ahora, en un lugar salido de los cuentos que me contabas cuando era niño, la morada de soberanos y caballeros.

Pensó también en su madre, en lo orgullosa que se sentiría sabiéndole allí, en la carroza de un aristócrata inglés que le acompañaba en la visita a la Torre.

La carroza recorría el perímetro de la fortaleza y lord Warwick señalaba a Peter los detalles del edificio. El conde lo trataba con confianza sin ser indiscreto. Cuando llegaron a la altura de la explanada lateral, admiraron el conjunto de uniformes rojos y estandartes. Había sido Peter quien expresó el deseo de ver el cambio de la Guardia Real y Warwick le había consentido de buena gana. Era la recompensa por su extraordinaria exhibición delante del Rey.

La geometría perfecta de la formación, los movimientos sincronizados, ni un paso en falso. Los soldados marchaban como si fueran una sola cosa, era una referencia directa al orden que sostenía al Imperio. Peter sonrió, pensando en el tropel de harapientos al que se había enfrentado en los bosques canadienses. Frente a esa maravillosa consistencia, el Goliat americano era un gnomo. Observó toda la maniobra por la ventanilla y pensó que esos soldados de uniforme escarlata no darían respiro a los rebeldes. Era suficiente que el rey Jorge los mandara a América y la rebelión acabaría muy pronto.

Mientras las unidades regresaban al cuartel, el conde le señaló a Peter el sitio de las decapitaciones. «El rincón del verdugo», lo definió con una risita para sí, pero enseguida su rostro se entristeció e hizo una reflexión amarga sobre el hecho de que cualquiera podía acabar con la cabeza apoyada en el tocón, incluso reyes y reinas. Tocó madera con un gesto teatral y siguió hablando en tono persuasivo, enumerando los nombres de personajes famosos que en ese lugar habían recibido los servicios del verdugo. Peter no reconoció ninguno, pero la visión de cabezas que rodaban a sus pies le hizo estremecerse.

La carroza redujo la velocidad hasta detenerse y ambos bajaron para caminar por el paseo en la orilla frente a la fortaleza. El viento agitó el foulard del conde. Warwick se lo colocó por debajo de las solapas de la chaqueta. Peter pensó que el abultamiento en el pecho lo hacía parecer un gallito arrogante. Incluso su andar era el de un emplumado: el conde apoyaba los pies con cuidado, observando el suelo.



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